lunes

ESTAMOS DE FIESTA!

La cita, el martes 7 de Julio en Rojo Café. Guadalajara. A las 8.30

domingo

A la vuelta.

Qué pocas ganas de decir adiós, qué necesario. Esta vez se acumula un recuerdo, una experiencia, y ese humo gris en línea recta que se vuelve una navaja en la nostalgia. Ahora, cuando escribo está lloviendo, y uno busca la pose perfecta del perfecto triste y a veces alcanza para tanto que uno llora sin motivos aparentes pero llora con sinceridad. Mi tristeza es crónica, así somos los intravagantes, vamos siempre de los ojos hacia adentro (me ha de disculpar Cronos por la sinalefa) vagando por las calles tan dentro del cuerpo.
Siempre que debo decir adiós me duelen las manos, se me vuelven frías, y son azules las puntas de los dedos. Hay un helado temor entre los ojos, porque uno debe salir por un momento, asomarse al mundo para ver como se retiran universos. Es terrible cuando se despiden dos intravagantes, cuando se alejan, y suceden entonces las imágenes de Remedios Varo, se retiran los cuerpos y las sombras se estiran para alcanzarse, para amarrarse oscuramente untadas en el piso, besarse, perseguirse entre baldosas, entre piedras y congelados pavimentos.
He visto como se despide a los viajeros, con un ramo de frases de aliento, de buenos deseos y una nota de dolor, de esperanza, de ganas de retorno, algo en el adiós pide retorno, algo en ese ancestral movimiento, que dibuja ochos en el viento, cerrando la eternidad que más que otra cosa, grita: vuelve pronto. Es así, pero también es cierto que el adiós es secretamente, para algunos, un descanso, un banquillo para el alma, porque como las ausencias duelen, hay presencias que lastiman, presencias filosas que nos hieren y en esas despedidas hay una alegría oculta, unas ganas de borrar todos los caminos que inviten al regreso, cambiar de lugar la puerta, mover hacia el lado opuesto las ventas, y también hay los buenos deseos, la dicha para el que se va, para que no regrese.
Pienso en cómo se despiden los cangrejos, como al borde de la muerte, por eso empiezo a entender su inmortalidad, retroceden del borde justo, del precipicio, y van, envejecidos hacia su nacimiento y viceversa, siempre hacia atrás, regresan del presente al pasado y van del pasado al futuro siempre en reversa, que felices los cangrejos que pueden alejarse del mar sin dar la espalda, sin negarlo, y negarlo cuando se acercan sigilosamente y sin sospechas, hasta que los devora la bienvenida de una ola.
Desde el principio, me planteé el único objetivo de rasparle los codos a la cotidianeidad, de regalar un espacio que no hablara de política, ni de notas rojas… el objetivo se cumplió al menos para mí, pero en vista que la cotidianidad se mete hasta en la sopa, antes de que nos alcance, nos despedimos, para dejar que alguien, deje de recibir un correo que tendrá que reenviar, evitar la monotonía a la correctora de poner siempre el mismo acento a la misma palabra, dejar de reclamar cada lunes el 84 que le faltó al correo, y –esta es una de las que más me alegran- dejar que ella corra por al menos tres oxxos, buscando la nueva vidavueltas, encontrarlo y saber que en realidad esa no le ha gustado tanto.
Espero que por ahí nos crucen, alguna vez y sin querer, las vidavueltas. Ha sido, como es siempre, un placer compartir las palabras que uno va juntando, insisto, que placentero me resulta, compartir palabras. (Seguirán apareciendo, intermitentemente, catarsis parecidas en el blog: www.vidavueltas.blogspot.com)

Carta para pedir rencor

Alguna vez te alcanzará el sonido / de mi apagado nombre…
Bonifaz Nuño

Quisiera que en esta carta, se fueran negando las palabras. Que la segunda anulara a la primera y la primera a la segunda, hasta que esto se convirtiera en un nefasto borrador. Un borrador con las tachaduras convincentes de una hoja de cuaderno a la que todavía destilan por el borde, líneas azul claro de las heridas hechas por el acero en espiral.
Deberás entender -no es imposición- después de todo es difícil unir palabras cuando sé que tu mirada empezará por desintegrarlas todas; volverás esto un discurso dadaísta en el que saldrán letras de una manera libre para volverse en mi contra como envenenados aguijones.
Sé lo que te gusta hablar de causas perdidas, por eso quiero hablarte de las elecciones, no de las que vienen a llenarnos de basura y promesas inverosímiles, si no de otras un tanto más absurdas. Las que atormentan, las que duelen. Recuerdo que preguntabas cada vez que cerrabas los ojos, el por qué negarnos la elección prenatal y me azotabas hasta la madrugada argumentando que no habría pobres, ni migraciones ni suicidas si pudiéramos elegir el lugar y las circunstancias en las que nacemos. Repetías casi feliz que las ideas rosas que llenan el mundo están hechas por un indescifrable conformismo, una misteriosa resignación. Entonces, sin abrir los ojos, te reías de la gente que se siente orgullosa de su patria, de su religión, de sus padres; no tienen derecho, no son cosas que ellos construyen, no les gustan, las aceptan porque no hay más, entonces te salían listas interminables, inventarios completos. Mencionabas el nombre de todos los amigos con algún adjetivo ingenioso, y eras como los niños cuando cuentan borregos para atrapar el sueño. Cada noche, la misma ceremonia, el mismo discurso con alguna ocurrencia nueva y los amigos como borregos, y tú ahí sobre la cama, los ojos cerrados y la boca soltando hilos de voz hasta que al final hacías la confesión, siempre como un susurro, yo no tengo patria, porque no nací en la tierra que haya elegido, y balbuceabas algo más que nunca entendí; te quedabas en el sueño, te desconectabas y aparecías al día siguiente con el discurso matinal, con un cigarro, una palabra amarga.
Tal vez lo que no entendí, era el lugar que hayas elegido para nacer o tal vez estabas cada noche eligiendo en lugar para morirte. Decías que el suicidio tenía sólo una manera aceptable, la de la elección. De poder, levantarías a los suicidas para entregarlos a un juicio, para negarles la muerte a los cobardes y dejar que murieran en paz los que elegían morir de cualquier manera, pero elección al fin. No me sorprenderá saber que te has quitado la vida en alguna ciudad oscura, y dejarás una nota en la que afirmes que no estas huyendo, sino eligiendo, que no crees en dios porque te priva. Y son tus elecciones las que me preocupan, saber que un día elegiste no atravesar más esa puerta, y a otros regalarás esa teoría que a veces acompañas con labios.
Lo que estoy haciendo llegar a tus manos, no es una carta sino un cigarrillo; también es una ventana, afuera está lloviendo; es un paraguas y una calle por la que empieza a bajar el agua en arroyos; un montón de rostros mojados con cabellos que se meten entre los ojos; es una mano en el bolsillo; una nariz fría; es una plaza azotada por las gotas; es una banca gris; soy yo esperando que no regreses, cuidadoso de que no me olvides, deseando que me detestes, después del punto final.

Posdata.
¿Cuándo podré escribirte la última palabra?

A la vuelta!

viernes

13 Mala suerte

Los que nacimos con mala suerte, con el azar volviéndose la certeza de la infortuna y sin remedio capaz de salvarnos, cada tropezón nos lleva al suelo y no hay puerta que se resista a darnos duro contra la nariz. Caminamos con dos pies izquierdos y no tenemos manos para decir adiós. Nuestra fisonomía aparentemente normal nos da la espalda. Cuando un objeto llega a nuestras manos se muestra la ausencia y/o inutilidad de los pulgares. Habrá que decir que no es torpeza aunque pudiera parecérsele. Los torpes no son capaces de construir un castillo de naipes, mientras que los infortunados sí, colocamos la última pieza y vemos realizada la obra, perfecta y altiva, y de pronto, se viene abajo por un inexplicable cambio de viento. Entonces puedo pensar que la mala suerte es:
Una ventana con los vidrios rotos por la que uno se asoma a su propia casa (no casa propia) y ve como juegan los ratos grises de la infancia tirando repetidamente la sopa sobre la mesa, como se rompen los jarrones, los cuadros se caen y todo de manera inverosímil, lastimando con furia el recuerdo. Mi ventana deja ver una escalera por la que nadie sube, en la que se congelan los pasados tropiezos. Una escalara que va mucho más allá del suelo, una escalera que sólo sirve para descender.
También la mala suerte es un espejo que se rompe, y no arrastra siete años, no son necesarios; es nuestra cadena perpetua. Una marca gris sobre la frente, una maldición de romper involuntariamente todos los espejos con el vuelo involuntario de la mano, con una caricia desinteresada y ya está todo en el piso hecho trizas. Sé que no hay alma buena capaz de romper el maleficio.
A veces creo que es un gato negro, no el que se cruza, no. Un felino de humo que rasga salvaje el velo de la fortuna y nos cubre con girones delgados, suficientes para que no se nos venga encima el techo o nos aplaste algún avión despistado. Ahí vamos, sin sospechar y confiando en la mala fortuna, adornados con nuestros girones al hombro y creyendo que no se cansará la luna y nos meará encima alguna noche que la aburra el insomnio.
Es inútil comprar boletos de lotería, o emprender negocios que parezcan atractivos o confiar que habrá ungüentos que nos lleven al otro lado de la moneda. ¿Cara o cruz? Es siempre lo contrario. Una fuerza extraña que nos untan en la planta de los pies desde mucho antes de tenerlos siquiera. He visto cómo los hilos rojos que se atan a la mano terminan en el piso después que un perro le traga la mano a los desgraciados. Una araña devora la cuarta hoja del trébol, la herradura sólo existe en la frente después de una patada del caballo. Y así pudiera seguir mencionando lo falaz de los antídotos contra el veneno de la eterna mala fortuna.
Hoy hemos llegado a la entrega 13 de las vidavueltas,(¿?) juzgue usted.
A la vuelta!

miércoles

Desencuentro. (A 25 años de la muere de Cortázar)

Encontraría a Cortázar, cuántas veces me había preguntado, estrellando las yemas afelpadas en las páginas, preguntando y siguiendo sigiloso las instrucciones. Pasando distraído por todas las esquinas para estampar mi nariz con el gigante, y me bastaba resignarme con el azar, con atarme las agujetas del zapato, con cerrar la puerta y dar un empujón para cerciorarme, con saludar aburrido, con ver el mar y arrastrarme hasta la mesa de algún café y quedarme pensativo, como quien espera que después de tres noches regrese un gato y se restriegue en la pierna disculpando la tardanza, sabe que uno terminará por ceder al chantaje y le lanzará alguna miga o le acariciará el cabello para sentir el ronroneo. Por todas las calles que se alargan o se acortan según el color del cielo, con la prisa y el ánimo, busqué a Cortázar, y era preferible quedarme vigilando a las palomas, viendo sus espectáculos que llegaban por momentos a la simetría perfecta, parecían frente a un espejo hasta que una semilla rompía la ceremonia y los cuellos se torcían en la misma dirección y se quebraba el espejo imaginario. Algo se fraguaba en otra dimensión, con esos oscuros misterios que vienen del otro lado del silencio, con esos azares incomprensibles, y de pronto, zas. Encuentro nuevamente la nota: A 25 años de la muerte de Julio Cortázar. Entonces la palabra muerte pesa, toma unas proporciones y puede ser una casa que se derrumba en escombros, se colapsa. Ahora me pregunto quién es Cortázar y algo más elemental, casi matemático. Si murió antes de que yo viniera… ¿Quién me contó Rayuela?

¿Quién será ese tal Cortázar del que tanto se habla a 25 años de su muerte? Se habla sobre un argentino que nació en Bruselas, que vivió la mayor parte de su vida en Francia y poco entiendo. También se dice algo sobre historias de Cronopios y Famas y Esperanzas, de un tal Lucas, y de un montón de instrucciones, que van desde como darle cuerda a un reloj, hasta cómo matar hormigas en Roma y que recomienda subir las escaleras al revés con el argumento de que un mundo se nos oculta a la espalda y de una serie de relatos, al final secretamente sé que terminaré queriendo tanto a Glenda y sigo sin entender.

Es así, soy joven y llegué tarde a la fiesta. Hacía unos meses que él se había ido y ni hablar. Ahora me salen con la cosa del boom latinoamericano.

Y todo lo que dicen me significa tan poco, si se encuentran o desencuentran textos inéditos, que auto entrevistas, ensayos y un montón de notas en un cajón. “papeles inesperados”. Perdón que me obstine, pero ¿quién diantre es Cortázar?

El azar, la otredad y las imposibilidades, que si ya una mano lo visita, que si encuentran una flor amarilla, a un personaje lo asesinan los personajes de la novela que lee y así con un montón de textos. Que patafísica, que surrealismo, que amor y desamor, que las deshoras y más cosas inverosímiles, Croncos, Petiforros, un hombre que pide un castillo sangriento, “el que te dije” haciendo un libro con recortes de periódicos y pese a todo lo que me cuentan, no me queda claro, sin embargo…

“Te tendré que matar de nuevo./ Te maté tantas veces, en Casablanca, en Lima, / en Cristianía, / en Montparnasse, en una estancia del partido de Lobos, / en el burdel, en la cocina, sobre un peine, / en la oficina, en esta almohada / te tendré que matar de nuevo, / yo, con mi única vida”. (La mosca, Julio Cortázar)

¡A la vuelta!

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