Los que nacimos con mala suerte, con el azar volviéndose la certeza de la infortuna y sin remedio capaz de salvarnos, cada tropezón nos lleva al suelo y no hay puerta que se resista a darnos duro contra la nariz. Caminamos con dos pies izquierdos y no tenemos manos para decir adiós. Nuestra fisonomía aparentemente normal nos da la espalda. Cuando un objeto llega a nuestras manos se muestra la ausencia y/o inutilidad de los pulgares. Habrá que decir que no es torpeza aunque pudiera parecérsele. Los torpes no son capaces de construir un castillo de naipes, mientras que los infortunados sí, colocamos la última pieza y vemos realizada la obra, perfecta y altiva, y de pronto, se viene abajo por un inexplicable cambio de viento. Entonces puedo pensar que la mala suerte es:
Una ventana con los vidrios rotos por la que uno se asoma a su propia casa (no casa propia) y ve como juegan los ratos grises de la infancia tirando repetidamente la sopa sobre la mesa, como se rompen los jarrones, los cuadros se caen y todo de manera inverosímil, lastimando con furia el recuerdo. Mi ventana deja ver una escalera por la que nadie sube, en la que se congelan los pasados tropiezos. Una escalara que va mucho más allá del suelo, una escalera que sólo sirve para descender.
También la mala suerte es un espejo que se rompe, y no arrastra siete años, no son necesarios; es nuestra cadena perpetua. Una marca gris sobre la frente, una maldición de romper involuntariamente todos los espejos con el vuelo involuntario de la mano, con una caricia desinteresada y ya está todo en el piso hecho trizas. Sé que no hay alma buena capaz de romper el maleficio.
A veces creo que es un gato negro, no el que se cruza, no. Un felino de humo que rasga salvaje el velo de la fortuna y nos cubre con girones delgados, suficientes para que no se nos venga encima el techo o nos aplaste algún avión despistado. Ahí vamos, sin sospechar y confiando en la mala fortuna, adornados con nuestros girones al hombro y creyendo que no se cansará la luna y nos meará encima alguna noche que la aburra el insomnio.
Es inútil comprar boletos de lotería, o emprender negocios que parezcan atractivos o confiar que habrá ungüentos que nos lleven al otro lado de la moneda. ¿Cara o cruz? Es siempre lo contrario. Una fuerza extraña que nos untan en la planta de los pies desde mucho antes de tenerlos siquiera. He visto cómo los hilos rojos que se atan a la mano terminan en el piso después que un perro le traga la mano a los desgraciados. Una araña devora la cuarta hoja del trébol, la herradura sólo existe en la frente después de una patada del caballo. Y así pudiera seguir mencionando lo falaz de los antídotos contra el veneno de la eterna mala fortuna.
Hoy hemos llegado a la entrega 13 de las vidavueltas,(¿?) juzgue usted.
A la vuelta!
Una ventana con los vidrios rotos por la que uno se asoma a su propia casa (no casa propia) y ve como juegan los ratos grises de la infancia tirando repetidamente la sopa sobre la mesa, como se rompen los jarrones, los cuadros se caen y todo de manera inverosímil, lastimando con furia el recuerdo. Mi ventana deja ver una escalera por la que nadie sube, en la que se congelan los pasados tropiezos. Una escalara que va mucho más allá del suelo, una escalera que sólo sirve para descender.
También la mala suerte es un espejo que se rompe, y no arrastra siete años, no son necesarios; es nuestra cadena perpetua. Una marca gris sobre la frente, una maldición de romper involuntariamente todos los espejos con el vuelo involuntario de la mano, con una caricia desinteresada y ya está todo en el piso hecho trizas. Sé que no hay alma buena capaz de romper el maleficio.
A veces creo que es un gato negro, no el que se cruza, no. Un felino de humo que rasga salvaje el velo de la fortuna y nos cubre con girones delgados, suficientes para que no se nos venga encima el techo o nos aplaste algún avión despistado. Ahí vamos, sin sospechar y confiando en la mala fortuna, adornados con nuestros girones al hombro y creyendo que no se cansará la luna y nos meará encima alguna noche que la aburra el insomnio.
Es inútil comprar boletos de lotería, o emprender negocios que parezcan atractivos o confiar que habrá ungüentos que nos lleven al otro lado de la moneda. ¿Cara o cruz? Es siempre lo contrario. Una fuerza extraña que nos untan en la planta de los pies desde mucho antes de tenerlos siquiera. He visto cómo los hilos rojos que se atan a la mano terminan en el piso después que un perro le traga la mano a los desgraciados. Una araña devora la cuarta hoja del trébol, la herradura sólo existe en la frente después de una patada del caballo. Y así pudiera seguir mencionando lo falaz de los antídotos contra el veneno de la eterna mala fortuna.
Hoy hemos llegado a la entrega 13 de las vidavueltas,(¿?) juzgue usted.
A la vuelta!
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