domingo

A la vuelta.

Qué pocas ganas de decir adiós, qué necesario. Esta vez se acumula un recuerdo, una experiencia, y ese humo gris en línea recta que se vuelve una navaja en la nostalgia. Ahora, cuando escribo está lloviendo, y uno busca la pose perfecta del perfecto triste y a veces alcanza para tanto que uno llora sin motivos aparentes pero llora con sinceridad. Mi tristeza es crónica, así somos los intravagantes, vamos siempre de los ojos hacia adentro (me ha de disculpar Cronos por la sinalefa) vagando por las calles tan dentro del cuerpo.
Siempre que debo decir adiós me duelen las manos, se me vuelven frías, y son azules las puntas de los dedos. Hay un helado temor entre los ojos, porque uno debe salir por un momento, asomarse al mundo para ver como se retiran universos. Es terrible cuando se despiden dos intravagantes, cuando se alejan, y suceden entonces las imágenes de Remedios Varo, se retiran los cuerpos y las sombras se estiran para alcanzarse, para amarrarse oscuramente untadas en el piso, besarse, perseguirse entre baldosas, entre piedras y congelados pavimentos.
He visto como se despide a los viajeros, con un ramo de frases de aliento, de buenos deseos y una nota de dolor, de esperanza, de ganas de retorno, algo en el adiós pide retorno, algo en ese ancestral movimiento, que dibuja ochos en el viento, cerrando la eternidad que más que otra cosa, grita: vuelve pronto. Es así, pero también es cierto que el adiós es secretamente, para algunos, un descanso, un banquillo para el alma, porque como las ausencias duelen, hay presencias que lastiman, presencias filosas que nos hieren y en esas despedidas hay una alegría oculta, unas ganas de borrar todos los caminos que inviten al regreso, cambiar de lugar la puerta, mover hacia el lado opuesto las ventas, y también hay los buenos deseos, la dicha para el que se va, para que no regrese.
Pienso en cómo se despiden los cangrejos, como al borde de la muerte, por eso empiezo a entender su inmortalidad, retroceden del borde justo, del precipicio, y van, envejecidos hacia su nacimiento y viceversa, siempre hacia atrás, regresan del presente al pasado y van del pasado al futuro siempre en reversa, que felices los cangrejos que pueden alejarse del mar sin dar la espalda, sin negarlo, y negarlo cuando se acercan sigilosamente y sin sospechas, hasta que los devora la bienvenida de una ola.
Desde el principio, me planteé el único objetivo de rasparle los codos a la cotidianeidad, de regalar un espacio que no hablara de política, ni de notas rojas… el objetivo se cumplió al menos para mí, pero en vista que la cotidianidad se mete hasta en la sopa, antes de que nos alcance, nos despedimos, para dejar que alguien, deje de recibir un correo que tendrá que reenviar, evitar la monotonía a la correctora de poner siempre el mismo acento a la misma palabra, dejar de reclamar cada lunes el 84 que le faltó al correo, y –esta es una de las que más me alegran- dejar que ella corra por al menos tres oxxos, buscando la nueva vidavueltas, encontrarlo y saber que en realidad esa no le ha gustado tanto.
Espero que por ahí nos crucen, alguna vez y sin querer, las vidavueltas. Ha sido, como es siempre, un placer compartir las palabras que uno va juntando, insisto, que placentero me resulta, compartir palabras. (Seguirán apareciendo, intermitentemente, catarsis parecidas en el blog: www.vidavueltas.blogspot.com)

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