domingo

Carta para pedir rencor

Alguna vez te alcanzará el sonido / de mi apagado nombre…
Bonifaz Nuño

Quisiera que en esta carta, se fueran negando las palabras. Que la segunda anulara a la primera y la primera a la segunda, hasta que esto se convirtiera en un nefasto borrador. Un borrador con las tachaduras convincentes de una hoja de cuaderno a la que todavía destilan por el borde, líneas azul claro de las heridas hechas por el acero en espiral.
Deberás entender -no es imposición- después de todo es difícil unir palabras cuando sé que tu mirada empezará por desintegrarlas todas; volverás esto un discurso dadaísta en el que saldrán letras de una manera libre para volverse en mi contra como envenenados aguijones.
Sé lo que te gusta hablar de causas perdidas, por eso quiero hablarte de las elecciones, no de las que vienen a llenarnos de basura y promesas inverosímiles, si no de otras un tanto más absurdas. Las que atormentan, las que duelen. Recuerdo que preguntabas cada vez que cerrabas los ojos, el por qué negarnos la elección prenatal y me azotabas hasta la madrugada argumentando que no habría pobres, ni migraciones ni suicidas si pudiéramos elegir el lugar y las circunstancias en las que nacemos. Repetías casi feliz que las ideas rosas que llenan el mundo están hechas por un indescifrable conformismo, una misteriosa resignación. Entonces, sin abrir los ojos, te reías de la gente que se siente orgullosa de su patria, de su religión, de sus padres; no tienen derecho, no son cosas que ellos construyen, no les gustan, las aceptan porque no hay más, entonces te salían listas interminables, inventarios completos. Mencionabas el nombre de todos los amigos con algún adjetivo ingenioso, y eras como los niños cuando cuentan borregos para atrapar el sueño. Cada noche, la misma ceremonia, el mismo discurso con alguna ocurrencia nueva y los amigos como borregos, y tú ahí sobre la cama, los ojos cerrados y la boca soltando hilos de voz hasta que al final hacías la confesión, siempre como un susurro, yo no tengo patria, porque no nací en la tierra que haya elegido, y balbuceabas algo más que nunca entendí; te quedabas en el sueño, te desconectabas y aparecías al día siguiente con el discurso matinal, con un cigarro, una palabra amarga.
Tal vez lo que no entendí, era el lugar que hayas elegido para nacer o tal vez estabas cada noche eligiendo en lugar para morirte. Decías que el suicidio tenía sólo una manera aceptable, la de la elección. De poder, levantarías a los suicidas para entregarlos a un juicio, para negarles la muerte a los cobardes y dejar que murieran en paz los que elegían morir de cualquier manera, pero elección al fin. No me sorprenderá saber que te has quitado la vida en alguna ciudad oscura, y dejarás una nota en la que afirmes que no estas huyendo, sino eligiendo, que no crees en dios porque te priva. Y son tus elecciones las que me preocupan, saber que un día elegiste no atravesar más esa puerta, y a otros regalarás esa teoría que a veces acompañas con labios.
Lo que estoy haciendo llegar a tus manos, no es una carta sino un cigarrillo; también es una ventana, afuera está lloviendo; es un paraguas y una calle por la que empieza a bajar el agua en arroyos; un montón de rostros mojados con cabellos que se meten entre los ojos; es una mano en el bolsillo; una nariz fría; es una plaza azotada por las gotas; es una banca gris; soy yo esperando que no regreses, cuidadoso de que no me olvides, deseando que me detestes, después del punto final.

Posdata.
¿Cuándo podré escribirte la última palabra?

A la vuelta!

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