viernes

Corazones de hojalata

Había llegado al puerto un niño de edad innumerable que paseaba por la ciudad con los ojos curiosos. Sorprendiendo a las pequeñas cosas que se quedaban inmóviles y quedando inmóvil frente a las pequeñas cosas que lo sorprendían.

Encontrar a un poeta entre los hombres no es una labor sencilla. Habría de recordar a Sabines desde que iniciara la búsqueda: ¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que les salga por las orejas? Antes de entregarme a buscar en los rostros, el rostro de un poeta, bebí un café muy cerca del exilio; pensé que la bebida aguzaría mis sentidos y facilitaría que se provocara el encuentro.

Bajé al mundo, dejando mi universo abandonado, una taza de café vacía y un cenicero plagado de colillas, y busqué en todos los ojos un asomo de verso, una pose que lo delatara o por lo menos quise que lo hubieran dejado esperando y esperara con totalidad para sorprenderlo en el acto y así cazar al poeta. ¿Eres tú Raúl? Pregunté a todos los Pedros… y no había en el aire metáforas en vuelo. Pensé que todo estaba perdido, que no encontraría al poeta y repetí a Sabines casi con rencor. Quedé armado con un cigarrillo, viendo a la gente pasar, ahora sé que pasaron todos, excepto él, en esos momentos en que las multitudes son tan ajenas que se vuelven todos, ejércitos universales de desconocidos. Regresé al café exilio.

Al llegar, reconocí la silla de la que me había levantado, y la mesa, que me miraron complacidas; Ocupaban las otras sillas los poetas, Raúl y Lalo que entretejían metáforas, y me anuncié como el que los buscaba, como el que se levantó precisamente de ahí para encontrarlos a la vuelta, después de casi estar rendido.

La tarde entera la ocupé en buscarle destellos a la frente de Bañuelos, que para entonces ya tenía rostro y manos. La tarde iba pasando y empecé a comprender que la manera de reconocer a los poetas no es alguna estrella en la frente, hay algo de sonoro en los latidos, algo de cascabel en cada movimiento. A estos seres los sobrevivirán las palabras, las voces, los sonidos, el eco que quedará después del polvo, cuando llegue el viento y levante las cenizas que harán eco en la eternidad desde sus corazones de hojalata.

Cuando aparecen frente a nuestros ojos las vidavueltas, sólo nos dejan creyendo que al mundo lo sostienen los milagros.

Le comparto, lector anónimo, unos versos de Rúl Bañuelos:


VER UN COLIBRÍ ES TENER UNA VISIÓN./Pájaro en dos alas temporales, / llega del futuro a volar sobre el es y el qué será. / Tiene largo el pico para caber siempre en una flor. / Hace su actuar en un dos por tres / que nada tiene que ver con la prisa. / Su cuerpo es del tamaño de un pajarito. / Su interioridad es visible en el aire. / Su canto se escucha con los ojos abiertos. / Lo mismo que el salmón y la ballena, / el colibrí es un milagro vivo.

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