viernes

Mimesis elemental

La primera en aparecer fue la cama, sonriendo bonachona con el labio torcido por el doblez descuidado de la sábana. Mi vista recorrió parsimoniosa aquella tienda de mascotas inmóviles, donde el comedor tomaba un aire de familia ejemplar y otro comedor más al fondo, la perfecta tertulia de mujeres copetonas; una lámpara encendida como una mujer que llora olvidada. La ternura dibujada en los objetos, me llevó a pensar en el vacío existencial que atraviesan los muebles de casa cuando golpeo la puerta en la más clara señal de abandono. Mis pasos, cada vez más lejanos, ellos en calidad de cosas quedan resignados al polvo y sus caricias borrosas, posándose sobre la inutilidad que los envuelve detrás de las puertas cerradas: el sillón abre los brazos en actitud de espera; la cama ofrece el día entero una espalda blanda a los ojos atónitos del techo; con las uñas esquinadas, las paredes se entregan a un frío desconocido. Desde la construcción equívoca, el espejo afanado en al revesarlo todo, observa la casa como pintada por Magritte. Es justo eso lo que me aterra, saber que de aburrimiento todo se lanzará a un desenfrenado mimetismo.

Este casual encuentro, me detiene con la sensación de masticar cristales. Mi obstinación por pensar en las pavorosas consecuencias de ausentarme… ahora frente a cada puerta, me detengo a imaginar el hueco atemporal que se forma detrás de las fronteras abisagradas que enmarcan tajantemente la línea con la calle. Busco ser indiferente y me disfrazo de transeúnte, esos seres que nacen pequeños en el horizonte del camino y en un in crescendo paulatino pasan a nuestro lado con proporciones normales para perderse enanos en el punto de fuga opuesto. No es de ellos de quien debo ocuparme, sino de lo que sucederá tarde o temprano, la catástrofe silente que se gesta en la soledad interior de las casas vacías. Las cosas desprendidas de su borde. Para detenerla, o intentar aplazarla: empezaré por escribir un palíndromo al espejo. Olvidaré una flor, para que la casa entera se ocupe en marchitarla y evitar que la pantomima lleve a las paredes a destilar agua y arrojarla en remolinos de escusado por la ventana; que las sillas tercas desistan en su aventura de vagar por los cuadros, y contemplen pensativas…

El sillón, cansado de esperar, es un jarrón que vaga con las patas de madera y acaricia la flor que alevosamente había olvidado…

Advierto que la posibilidad de lo que digo, es la consecuencia lógica a la mimesis social, en la que vamos pareciéndonos los unos a los otros con la pretensión de sacarle un paso a la rutina… lo posible de lo improbable es siempre en las vidavueltas, el ojo sin rostro de una aguja que sirve como arco a caravanas de cansados dromedarios.

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