Algo en la llovizna me recuerda que estoy solo, profunda y extrañamente solo. El agua baja como frágil y resquebrajada piel de cielo, en minúsculas y translúcidas escamas que se irán sembrando a la tierra para que inicie la formación de las sirenas. La soledad, esa palabra que debiera ser esdrújula, para que saliera como un espiral desde el pecho, y nos bastara pronunciarla para dejar que se fuera lejos, que se enterrara como una espina de acero al horizonte, y colgara una nota en lontananza con el pendiente que no realizaremos. Entonces sigo viendo cómo las gotas van robando luz a la tarde cenicienta que se esparce arriba y minan la claridad para dar brillo a las semillas de sirena. Sé que un camel y un café son mi pretexto para hacer postales en el puerto, para ir recortando paulatinamente cuadros a la panorámica, imprimirles mentalmente un verso de Sabines (Te invito a comer uvas esta tarde, y a tomar café si llueve…)y a no enviarlas, dejarles que se vayan junto al humo del café y el humo del cigarro, ahora sí, imágenes etéreas que padecen la eternidad en el olvido.
Sobre la tierra mis pies harán mis pasos y llegarán, como latidos de la vida que redobla, a las sirenas que siguen creciendo abajo. Y una tarde de tormenta, cuando empiecen a asomar la cola como la fina punta de una planta, el cauce de un arroyo las arrastrará al mar y aun dormidas, llenas de agua, con la piel aún hecha de agua, y los cabellos confundidos con raíces, llegarán al mar para sufrir su dolorosa metamorfosis: la sal irá penetrando por sus poros, el azul pegándose a la cola y un atardecer, el más dorado de los atardeceres, el que llegue después de días sin sol, ya cuando escampe, se les tatuará en la piel y en los cabellos, entonces asomarán aun tímidas sobre las olas. Irán solas a buscar sus breves multitudes.
El agua que acelera su caída, las escamas empiezan a ser más constantes, y el cielo de pronto parece enfurecido aventando filas de alfileres que diagonales cortan el aire y se rinden ante la rigidez del suelo que las vence y redentas, son ahora hilos transparentes que se escurren entre piedras para formar los primeros arroyos. Empiezan a bajar al mar pequeños barcos de papel de algún niño curioso que avienta sus sueños de capitán desde el borde de una banqueta. Ya está listo el arroyuelo / ese que va a dar al mar / donde mis sueños congelo / cada que lo veo pasar…
Sigo y sorbo café viendo el mar. Sólo queda esperar a que vengan las tormentas, a que escampe y vuelva el sol sobre la espalda de miles de sirenas que harán sus rondas en perdidos horizontes, escucharé su canto como el llanto de otro tiempo que revive con ellas, que se les congela en la voz y sus palabras vienen siempre, de muy lejos, arrastrando siglos, atando la historia en sus manos enlazadas, girando sin sospechar que son la efigie de un tiempo que se pierde en la fantasía genial de un sorbo, una epifanía que se irá cuando termine el olor de la tierra que se moja hoy con la primer llovizna.
Terminaran en algún desmayo del recuerdo sus breves multitudes.
¡A la vuelta!
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