Ahora pienso, ayer era domingo y hubo una tarde de esas que huelen a descanso y a muertes momentáneas, entonces, imaginé lo que habría pasado Separador en todo este tiempo. Lo imaginé enamorado de un pie derecho, tal vez lo han pisado sin tregua, quizá en este justo momento alguien le tatué sin consideración la huella del zapato. Lo debieron llevar hasta la puerta en una tarea colectiva, que entre punta pies y pisotones llegó hasta al final y cayó a un enorme basural de cualquier esquina, lo condenaron al solaz de la tripartita luz sin sendero de un semáforo, no hace más que ir del rojo, al verde, al amarillo… seguramente es aburrido y más ejércitos de pies sin darle tregua. Le suplico a usted, lector sin rostro, que si lo ve, me lo regrese, sólo piense que es un separador y las quimeras del papel son aún más inverosímiles que las de los hombres.
En verdad no quiero imaginarlo muerto, me rehúso a la sola idea de creer que un imperio de hormigas redimidas se preocupan en darle santa sepultura y lo llevan por grandes y pobladas avenidas. Tampoco quiero creer que ahora vague con las perfectas huellas de los dientes incisivos de algún perro famélico. Usted debe comprender, que lo recuerde precisamente los lunes, en que la ciudad sale de su letargo para volverse fiera.
Haga su obra del día, esta vez, no pierda la mirada, no la pose en ninguna parte cuando le atormenta de aburrimiento el rojo del semáforo, vigile las puntas de los pies y preocúpese de no pisar accidentalmente a Separador; en los hocicos de los perros, como quien no quiere la cosa, cerciórese que no lo llevan ahí; con las hormigas no se ensañe ni pido que las contemple, a veces ese ritual aparentemente lineal, es demasiado.
Si lo encuentra, será entonces que comprenda mi tristeza, el viaja con su nostálgica leyenda: Te he estado esperando todo el día y así será hasta que no nos crucen sin querer las vidavueltas.
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