Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses; / que se pierda / tanto increíble amor. Eduardo Lizalde.
Encontré el amor, naturaleza muerta entre las páginas de un libro. Dentro de un sudario de papel, una mariposa disecada que debieron meter viva a la eternidad. Hay un rastro de inútil movimiento, agonía lineal en una biblioteca. Rodeada de silencio dejó lo que tenía para entregar su cuerpo monarca al peso y al misterio de unos ojos que vendrían después, unos dedos que la tomarían despacio para crucificarla a una pared igualmente muerta. Y nadie sabe de sus pasados vuelos. A nadie importan ya su soberana libertad de viento, yerbas y pétalos.
Hace tiempo leí en el periódico un artículo que hablaba sobre las cosas olvidadas entre las páginas de los libros. Decidí buscar en los míos y no había mucho. Me di cuenta de que la mayoría de las cosas que olvido, no quedan entre las páginas, afortunadamente se van a ese lugar, a ese hoyo negro, al basural, en fin, al olvido. Lo que me iba topando, eran cosas que había dejado a propósito, con la intención de recuperarlas después para entregarlas como amuleto a alguien o sencillamente porque sí. Porque a veces hago las cosas sin razonarlas demasiado. Porque sí, porque quiero, porque me place ver una hoja y sentirla indefensa, para verla después quebradiza y sentir su fragilidad en los dedos y llevarla en una ritual de yemas y cuidados hasta dejarla bajo el vidrio de una mesa. Alguien la verá y soltará un distraído comentario; preguntaran por la planta (como si de verdad importara), dirán esas cosas sencillas que brotan de los espacios en que uno da la espalda para tomar las llaves o un vaso de agua o se entretiene en los enigmáticos movimientos por donde se mete la rutina. Otros la verán sin decir nada, quizá dejen la huella del índice sobre el cristal. No sé por qué las hojas secas invitan o reclaman una caricia. Será que su muerte nos parece inverosímil, como si la vida se quedara de alguna manera atrapada en el cascaron.
¿Qué hace la naturaleza muerta? Pudiera pensar que son caprichosas decoraciones, pero esa respuesta no me satisface. Pienso que hay algo más profundo, una imagen de ensueño, una prolongación de la vida, un rechazar la destrucción del paso por aquí, es de cierta manera una negación de lo efímero del cuerpo. Creo ver a veces en las hojas secas, una absoluta vanidad, una despedida que no se consuma, una muerte bellamente interrumpida, un casi final, una agonía atrapada en el borde, un grito que se queda entre los labios, pero al fin, escapa el viento que iba a ser capaz de producirlo.
Ahí (en mis libros) también estaba un trébol de cuatro hojas, alejado de toda buena suerte y aplastado por alguna carta a los corintios. Quise regalarlo, pero me pareció que no había llegado el momento y sigue ahí en espera de su racha de buena fe y con sus ganas de fetiche.
Recortes de periódico que no releí, tarjetas de presentación de gente a la que no volví a ver, notas con teléfonos de alguien a quien no llamé, direcciones a las que no escribí, notas sin fecha para algún poema que no haré, una carta de adiós, epifanías nocturnas que no logran sobrevivir a la claridad del día y una mariposa eternizada… entre las páginas de un libro de amor, la encontré, naturalmente muerta.
¡A la vuelta!
No hay comentarios:
Publicar un comentario