Fue el más oscuro de los maniquíes quien mostrara el marrón de lo que yo creí, eran mis ojos azules
El mundo aparecería más claro y empezaría por romperse en destellos que irían desdibujando líneas para dejarlo todo en su desnudez total. Pequeños soles extraviados arrojando manantiales de luz por todas partes, el brillo propio surgiendo a borbollones de las entrañas de cada cosa que vibraría acalambrada desde su inmovilidad aparente. Había pensado en las imágenes antes de salir de la cama, sabía que esa mañana el mundo volvería a sorprenderme al presentarse con una luminosidad que se me había ocultado hasta entonces. Pensé en algún rayo de sol al que podría perseguir mientras se divertía en saltar de uno en uno los cristales de los coches, deslizarse distraído en las ventanas hasta parar metido en alguna gota que los estamparía al suelo en una resplandeciente explosión.
Un día nublado. La luz tímida parecía aplastada por el polvo gris y enrollada dentro de las líneas. Busqué las madejas luminosas o por lo menos una hebra que me llevara al pozo donde imaginé vertida la luz que le habían robado al único jueves en que tendría los ojos azules. Resignado me entregué a un paseo matinal que se vio amenazado por los cristales de una ciudad-argos, empeñada en reflejar el color original de mis ojos.
Era jueves nublado. Pensar en Vallejo se volvía inevitable en la banca de un parque a donde acudían las hojas arrastrando quién sabe qué añoranzas… Debí invitarle a morir con mejor suerte, no era París; tampoco las nubes tenían el peso que amenazara con aguacero; sólo estaban de testigos: la soledad y los caminos. Quizá en ese momento él vagaba iluminado por un cometa que hacía las veces de brújula para llevarle al verdadero jueves que pedía, al jueves que le esperaba con su cara de muerte. Cuántas veces tendría que morir para lograr su París con aguacero…
Después de la banca y el parque, otra vez la ciudad con sus cristales y fueron inútiles todos mis esfuerzos por resistirme. Bajé a la playa a recordar el sueño que me había hecho creer ilusamente en el nuevo color de mis ojos: apareció el mar como un enorme tigre de espalda azul con líneas plata, que tozudamente golpeaba la arena en un intento por escapar y así estuvo la noche entera hasta que todo se cubrió de una polvareda añil que se me escapó por los ojos y me dejó frente a una imagen apocalíptica, el suelo agrietado y yo ahí, observando todo con la mirada lejana, mirada de ciego. Me quedé en el sueño con las pupilas llenas de un mar en polvo que no pudo traspasar las fronteras oníricas y la realidad se impuso a contrapelo, como sucede cuando los jueves llegan aplastados, arrepentidos.
Siempre que los jueves lleguen nublados y arrastrando su velo de nubes, habrá tiempo para tejer y destejer los sueños, para armar las vidavueltas y olvidar que los maniquíes son cuerpos fríos y esclavizados en los cristales. Antes de entregarme a la resignación de no tener los ojos claros, dejé que la falaz actitud de un maniquí me miraba con la mano sosteniendo el mentón, y ahora, puedo pensar que daré la espalda al tiempo para armar de amor a las mujeres que se petrifican olvidadas en las elegantes peceras de temporada.
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