martes

Lejanías a tiempo

¿Qué cosa es el tiempo? ¿A dónde va, si es que se dirige a alguna parte, será un extraño caminante con pies de plomo que nos lleva de la mano hacia un lugar irreversible? Sube de los rincones más oscuros, baja partiendo el terciopelo de las nubes o sencillamente se derrama como un enorme velo quiescente. Cae en golpes de granizo o se levanta. Peregrina, dime tú que cosa es el tiempo, con tus reinos de distancia. Dime si es líquido, un hilo delgado y transparente que se arrastra en la agonía de los arroyos. Dime si es una enorme esfera de viento que viene empujándolo todo y nos avienta irremediablemente hasta la muerte. O es un vapor que se levanta de la tierra en ácidos que nos deshacen y asfixian con persistencia tal, que nos dejan desvanecidos y avejentados. Habrá un lugar, Peregrina, una pared helada donde, como un haz de luz, se estampa y se refleja y de tanto el destello nos ciega hasta que también nosotros, nos estampamos contra ese muro frío, para regresar como un reflejo y habitar evanescentes el universo quebradizo y gris de los espectros. Un reflejo de nosotros mismos amarrándonos al viento, y nuestra voz existirá a partir de nuestro paso, seremos el trino que emerja de los rincones donde agonizan las aves, tendremos nuestros cantos en el rumor de las hojas… cantaremos siempre en el otoño. Entonces en la sombra de los árboles, están durmiendo translúcidos, todos nuestros muertos.

Dime tú peregrina, si en las ramas secas, en las flores marchitas, en las gotas perdidas, en alguna sonrisa que lejana se cierra, un ojo que no se abrirá más, se está escapando el tiempo. Si lo que parte, se lo lleva amarrándolo a su muerte, y el pasado permanece en las cenizas de los cuerpos inertes. Se levantará de nuevo en un circulo inagotable, una palingenesia infinita. El tiempo un brevísimo espiral lleno de finales que le otorguen la posibilidad de continuar, de regresar para llevarlo en días, para enredarse en sus pequeñas vueltas.

Hoy no entiendo qué cosa es el tiempo, ni lo observo, sólo advierto que de alguna parte llega, y se va, hacía donde puede, llevándose la vida. He visto envejecer a la gente que siempre asoma a su misma esquina. Otros envejecen frente a un diario. Alguno de tanto caminar. Unos de puro estar. No sé si de pronto nos asaltará como un felino al doblar cualquier esquina, nos arañará el rostro y nos regresará viejos y arrugados a esperar detrás de una ventana que regrese enternecido a cerrarnos los ojos para siempre (el tiempo todo lo cura).

Peregrina, tú que vas. Tú que has visto los lugares más lejanos, las caras suaves de otra gente, la mirada más profunda de los viejos, la agonía de las ciudades, la longevidad de las piedras; has visto cambiar el cauce de los ríos, has escuchado rebotar el tiempo en las campanas, lo has visto amarrarse a las enredaderas hasta matarlas, has visto la soberbia del mar… dime qué cosa es el tiempo?

Peregrina, envejezco preguntando por el tiempo, y tú, agarrando el horizonte con los dedos.

¡A la vuelta!

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