viernes

Lejos de navidad

Nueve de la noche, calle Uruguay, colonia 5 de diciembre, Puerto Vallarta Jalisco. Un hombre en el interior del edificio con los ojos abiertos en la penumbra, observa fijamente y permite al cigarrillo que le ilumine el rostro. Los destellos le dan un aspecto rígido. Hay algo de preocupación en el nudo que se forma entre las cejas al tiempo que las puntas de los labios caen ligeramente para dejar salir el humo tembloroso.

Cómo haré para deshacerlo. Se pregunta, mientras hace un esquema mental de su situación, un inventario nada favorecedor: malo en ejercicios cautelosos, amante apasionado de de contar el tiempo en la hora exacta, convirtiendo la vuelta completa de la manecilla en un minuto, no existen ni los cuartos, ni los medios, todo es una caída regresiva a la hora en punto. Cree haber nacido viejo, y siempre que le viene está idea, sonríe casi con dolor e irremediablemente le desfilan las imágenes del film El curioso caso de Benjamín Button. Sigue fumando en la sala del departamento 6 un hombre triste. Se desliza por la casa buscando desesperado un manual, cualquiera que pueda aclarar la tarea, que le regale una idea para deshacerse de lo que lo tiene turbado. La habitación está sencilla, con la iluminación raquítica que se alcanza a colar por la ventana; el montón de libros, toma uno al azar y se tumba en el borde de la cama, una línea de luz mandarina sobre las páginas le permite distinguir el título: Instrucciones para llorar de Cortázar; se siente burlado, enfadado y casi furioso, camina y sigue buscando al fondo entre más libros, la ausencia de la luz lo complica todo, piensa encender la luz; ha ido demasiado lejos ya, se detiene, no es momento para arruinarlo todo. Toma otro libro al azar, esta vez con mejor suerte, Bernal y su Complot Mongol, hojea hasta entrada la madrugada. También el odia a los pinches chinos (pinches chales). Al fondo del cajón donde aventó los libros que no leería, ahí estaba el que le daría una pista para sacar sin ruido eso que empezaba a irritarlo. Ahí entre revistas y libros empolvados, descansaba intacto Doyle, ¡caray!, elemental para estos casos. Todo parecía sencillo, misteriosamente encontró una lámpara de mano, la tenía en el abrigo, lo había metido en el closet, algún día tendría ganas de misterio. Mientras sacaba libros sin miramientos leyó: Desde mi balcón, ahogó un grito de terror al encontrar la tenebrosa foto del autor, siguieron al espanto unos hilos de risa silenciosa (recordó con ternura la ingenuidad de Champoleón) e inmediatamente después encontró a Doyle. Regresó frente a la silueta oscura. Cómo es posible que hasta hoy me haya estorbado. Había que cortarlo en trozos, meterlo en oscuras bolsas y llevarlo hasta la esquina, no deberían quedar restos en el piso. Así lo hizo, un cuchillo casero en la diestra y la siniestra sosteniendo el tronco, hasta que todo estuvo listo. Salió a la calle y lo dejó en la esquina, con la naturalidad de quien se deshace de un pino navideño en pleno abril.

¡A la vuelta!

¡Me opongo a domesticar el recuerdo, me opongo a la impunidad!

1 comentario:

  1. Al final, se detuvo, como todo lo que tiene que detenerse, como todo lo que sigue un tan, tan.

    Qué triste...suena la lluvia, en las casas de cartoooon!!!

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