lunes
domingo
A la vuelta.
Siempre que debo decir adiós me duelen las manos, se me vuelven frías, y son azules las puntas de los dedos. Hay un helado temor entre los ojos, porque uno debe salir por un momento, asomarse al mundo para ver como se retiran universos. Es terrible cuando se despiden dos intravagantes, cuando se alejan, y suceden entonces las imágenes de Remedios Varo, se retiran los cuerpos y las sombras se estiran para alcanzarse, para amarrarse oscuramente untadas en el piso, besarse, perseguirse entre baldosas, entre piedras y congelados pavimentos.
He visto como se despide a los viajeros, con un ramo de frases de aliento, de buenos deseos y una nota de dolor, de esperanza, de ganas de retorno, algo en el adiós pide retorno, algo en ese ancestral movimiento, que dibuja ochos en el viento, cerrando la eternidad que más que otra cosa, grita: vuelve pronto. Es así, pero también es cierto que el adiós es secretamente, para algunos, un descanso, un banquillo para el alma, porque como las ausencias duelen, hay presencias que lastiman, presencias filosas que nos hieren y en esas despedidas hay una alegría oculta, unas ganas de borrar todos los caminos que inviten al regreso, cambiar de lugar la puerta, mover hacia el lado opuesto las ventas, y también hay los buenos deseos, la dicha para el que se va, para que no regrese.
Pienso en cómo se despiden los cangrejos, como al borde de la muerte, por eso empiezo a entender su inmortalidad, retroceden del borde justo, del precipicio, y van, envejecidos hacia su nacimiento y viceversa, siempre hacia atrás, regresan del presente al pasado y van del pasado al futuro siempre en reversa, que felices los cangrejos que pueden alejarse del mar sin dar la espalda, sin negarlo, y negarlo cuando se acercan sigilosamente y sin sospechas, hasta que los devora la bienvenida de una ola.
Desde el principio, me planteé el único objetivo de rasparle los codos a la cotidianeidad, de regalar un espacio que no hablara de política, ni de notas rojas… el objetivo se cumplió al menos para mí, pero en vista que la cotidianidad se mete hasta en la sopa, antes de que nos alcance, nos despedimos, para dejar que alguien, deje de recibir un correo que tendrá que reenviar, evitar la monotonía a la correctora de poner siempre el mismo acento a la misma palabra, dejar de reclamar cada lunes el 84 que le faltó al correo, y –esta es una de las que más me alegran- dejar que ella corra por al menos tres oxxos, buscando la nueva vidavueltas, encontrarlo y saber que en realidad esa no le ha gustado tanto.
Espero que por ahí nos crucen, alguna vez y sin querer, las vidavueltas. Ha sido, como es siempre, un placer compartir las palabras que uno va juntando, insisto, que placentero me resulta, compartir palabras. (Seguirán apareciendo, intermitentemente, catarsis parecidas en el blog: www.vidavueltas.blogspot.com)
Carta para pedir rencor
Bonifaz Nuño
Deberás entender -no es imposición- después de todo es difícil unir palabras cuando sé que tu mirada empezará por desintegrarlas todas; volverás esto un discurso dadaísta en el que saldrán letras de una manera libre para volverse en mi contra como envenenados aguijones.
Sé lo que te gusta hablar de causas perdidas, por eso quiero hablarte de las elecciones, no de las que vienen a llenarnos de basura y promesas inverosímiles, si no de otras un tanto más absurdas. Las que atormentan, las que duelen. Recuerdo que preguntabas cada vez que cerrabas los ojos, el por qué negarnos la elección prenatal y me azotabas hasta la madrugada argumentando que no habría pobres, ni migraciones ni suicidas si pudiéramos elegir el lugar y las circunstancias en las que nacemos. Repetías casi feliz que las ideas rosas que llenan el mundo están hechas por un indescifrable conformismo, una misteriosa resignación. Entonces, sin abrir los ojos, te reías de la gente que se siente orgullosa de su patria, de su religión, de sus padres; no tienen derecho, no son cosas que ellos construyen, no les gustan, las aceptan porque no hay más, entonces te salían listas interminables, inventarios completos. Mencionabas el nombre de todos los amigos con algún adjetivo ingenioso, y eras como los niños cuando cuentan borregos para atrapar el sueño. Cada noche, la misma ceremonia, el mismo discurso con alguna ocurrencia nueva y los amigos como borregos, y tú ahí sobre la cama, los ojos cerrados y la boca soltando hilos de voz hasta que al final hacías la confesión, siempre como un susurro, yo no tengo patria, porque no nací en la tierra que haya elegido, y balbuceabas algo más que nunca entendí; te quedabas en el sueño, te desconectabas y aparecías al día siguiente con el discurso matinal, con un cigarro, una palabra amarga.
Tal vez lo que no entendí, era el lugar que hayas elegido para nacer o tal vez estabas cada noche eligiendo en lugar para morirte. Decías que el suicidio tenía sólo una manera aceptable, la de la elección. De poder, levantarías a los suicidas para entregarlos a un juicio, para negarles la muerte a los cobardes y dejar que murieran en paz los que elegían morir de cualquier manera, pero elección al fin. No me sorprenderá saber que te has quitado la vida en alguna ciudad oscura, y dejarás una nota en la que afirmes que no estas huyendo, sino eligiendo, que no crees en dios porque te priva. Y son tus elecciones las que me preocupan, saber que un día elegiste no atravesar más esa puerta, y a otros regalarás esa teoría que a veces acompañas con labios.
Lo que estoy haciendo llegar a tus manos, no es una carta sino un cigarrillo; también es una ventana, afuera está lloviendo; es un paraguas y una calle por la que empieza a bajar el agua en arroyos; un montón de rostros mojados con cabellos que se meten entre los ojos; es una mano en el bolsillo; una nariz fría; es una plaza azotada por las gotas; es una banca gris; soy yo esperando que no regreses, cuidadoso de que no me olvides, deseando que me detestes, después del punto final.
Posdata.
¿Cuándo podré escribirte la última palabra?
A la vuelta!
viernes
13 Mala suerte
Una ventana con los vidrios rotos por la que uno se asoma a su propia casa (no casa propia) y ve como juegan los ratos grises de la infancia tirando repetidamente la sopa sobre la mesa, como se rompen los jarrones, los cuadros se caen y todo de manera inverosímil, lastimando con furia el recuerdo. Mi ventana deja ver una escalera por la que nadie sube, en la que se congelan los pasados tropiezos. Una escalara que va mucho más allá del suelo, una escalera que sólo sirve para descender.
También la mala suerte es un espejo que se rompe, y no arrastra siete años, no son necesarios; es nuestra cadena perpetua. Una marca gris sobre la frente, una maldición de romper involuntariamente todos los espejos con el vuelo involuntario de la mano, con una caricia desinteresada y ya está todo en el piso hecho trizas. Sé que no hay alma buena capaz de romper el maleficio.
A veces creo que es un gato negro, no el que se cruza, no. Un felino de humo que rasga salvaje el velo de la fortuna y nos cubre con girones delgados, suficientes para que no se nos venga encima el techo o nos aplaste algún avión despistado. Ahí vamos, sin sospechar y confiando en la mala fortuna, adornados con nuestros girones al hombro y creyendo que no se cansará la luna y nos meará encima alguna noche que la aburra el insomnio.
Es inútil comprar boletos de lotería, o emprender negocios que parezcan atractivos o confiar que habrá ungüentos que nos lleven al otro lado de la moneda. ¿Cara o cruz? Es siempre lo contrario. Una fuerza extraña que nos untan en la planta de los pies desde mucho antes de tenerlos siquiera. He visto cómo los hilos rojos que se atan a la mano terminan en el piso después que un perro le traga la mano a los desgraciados. Una araña devora la cuarta hoja del trébol, la herradura sólo existe en la frente después de una patada del caballo. Y así pudiera seguir mencionando lo falaz de los antídotos contra el veneno de la eterna mala fortuna.
Hoy hemos llegado a la entrega 13 de las vidavueltas,(¿?) juzgue usted.
A la vuelta!
miércoles
Desencuentro. (A 25 años de la muere de Cortázar)
Encontraría a Cortázar, cuántas veces me había preguntado, estrellando las yemas afelpadas en las páginas, preguntando y siguiendo sigiloso las instrucciones. Pasando distraído por todas las esquinas para estampar mi nariz con el gigante, y me bastaba resignarme con el azar, con atarme las agujetas del zapato, con cerrar la puerta y dar un empujón para cerciorarme, con saludar aburrido, con ver el mar y arrastrarme hasta la mesa de algún café y quedarme pensativo, como quien espera que después de tres noches regrese un gato y se restriegue en la pierna disculpando la tardanza, sabe que uno terminará por ceder al chantaje y le lanzará alguna miga o le acariciará el cabello para sentir el ronroneo. Por todas las calles que se alargan o se acortan según el color del cielo, con la prisa y el ánimo, busqué a Cortázar, y era preferible quedarme vigilando a las palomas, viendo sus espectáculos que llegaban por momentos a la simetría perfecta, parecían frente a un espejo hasta que una semilla rompía la ceremonia y los cuellos se torcían en la misma dirección y se quebraba el espejo imaginario. Algo se fraguaba en otra dimensión, con esos oscuros misterios que vienen del otro lado del silencio, con esos azares incomprensibles, y de pronto, zas. Encuentro nuevamente la nota: A 25 años de la muerte de Julio Cortázar. Entonces la palabra muerte pesa, toma unas proporciones y puede ser una casa que se derrumba en escombros, se colapsa. Ahora me pregunto quién es Cortázar y algo más elemental, casi matemático. Si murió antes de que yo viniera… ¿Quién me contó Rayuela?
¿Quién será ese tal Cortázar del que tanto se habla a 25 años de su muerte? Se habla sobre un argentino que nació en Bruselas, que vivió la mayor parte de su vida en Francia y poco entiendo. También se dice algo sobre historias de Cronopios y Famas y Esperanzas, de un tal Lucas, y de un montón de instrucciones, que van desde como darle cuerda a un reloj, hasta cómo matar hormigas en Roma y que recomienda subir las escaleras al revés con el argumento de que un mundo se nos oculta a la espalda y de una serie de relatos, al final secretamente sé que terminaré queriendo tanto a Glenda y sigo sin entender.
Es así, soy joven y llegué tarde a la fiesta. Hacía unos meses que él se había ido y ni hablar. Ahora me salen con la cosa del boom latinoamericano.
Y todo lo que dicen me significa tan poco, si se encuentran o desencuentran textos inéditos, que auto entrevistas, ensayos y un montón de notas en un cajón. “papeles inesperados”. Perdón que me obstine, pero ¿quién diantre es Cortázar?
El azar, la otredad y las imposibilidades, que si ya una mano lo visita, que si encuentran una flor amarilla, a un personaje lo asesinan los personajes de la novela que lee y así con un montón de textos. Que patafísica, que surrealismo, que amor y desamor, que las deshoras y más cosas inverosímiles, Croncos, Petiforros, un hombre que pide un castillo sangriento, “el que te dije” haciendo un libro con recortes de periódicos y pese a todo lo que me cuentan, no me queda claro, sin embargo…
“Te tendré que matar de nuevo./ Te maté tantas veces, en Casablanca, en Lima, / en Cristianía, / en Montparnasse, en una estancia del partido de Lobos, / en el burdel, en la cocina, sobre un peine, / en la oficina, en esta almohada / te tendré que matar de nuevo, / yo, con mi única vida”. (La mosca, Julio Cortázar)
¡A la vuelta!
lunes
Llovizna, génesis de las sirenas
Algo en la llovizna me recuerda que estoy solo, profunda y extrañamente solo. El agua baja como frágil y resquebrajada piel de cielo, en minúsculas y translúcidas escamas que se irán sembrando a la tierra para que inicie la formación de las sirenas. La soledad, esa palabra que debiera ser esdrújula, para que saliera como un espiral desde el pecho, y nos bastara pronunciarla para dejar que se fuera lejos, que se enterrara como una espina de acero al horizonte, y colgara una nota en lontananza con el pendiente que no realizaremos. Entonces sigo viendo cómo las gotas van robando luz a la tarde cenicienta que se esparce arriba y minan la claridad para dar brillo a las semillas de sirena. Sé que un camel y un café son mi pretexto para hacer postales en el puerto, para ir recortando paulatinamente cuadros a la panorámica, imprimirles mentalmente un verso de Sabines (Te invito a comer uvas esta tarde, y a tomar café si llueve…)y a no enviarlas, dejarles que se vayan junto al humo del café y el humo del cigarro, ahora sí, imágenes etéreas que padecen la eternidad en el olvido.
Sobre la tierra mis pies harán mis pasos y llegarán, como latidos de la vida que redobla, a las sirenas que siguen creciendo abajo. Y una tarde de tormenta, cuando empiecen a asomar la cola como la fina punta de una planta, el cauce de un arroyo las arrastrará al mar y aun dormidas, llenas de agua, con la piel aún hecha de agua, y los cabellos confundidos con raíces, llegarán al mar para sufrir su dolorosa metamorfosis: la sal irá penetrando por sus poros, el azul pegándose a la cola y un atardecer, el más dorado de los atardeceres, el que llegue después de días sin sol, ya cuando escampe, se les tatuará en la piel y en los cabellos, entonces asomarán aun tímidas sobre las olas. Irán solas a buscar sus breves multitudes.
El agua que acelera su caída, las escamas empiezan a ser más constantes, y el cielo de pronto parece enfurecido aventando filas de alfileres que diagonales cortan el aire y se rinden ante la rigidez del suelo que las vence y redentas, son ahora hilos transparentes que se escurren entre piedras para formar los primeros arroyos. Empiezan a bajar al mar pequeños barcos de papel de algún niño curioso que avienta sus sueños de capitán desde el borde de una banqueta. Ya está listo el arroyuelo / ese que va a dar al mar / donde mis sueños congelo / cada que lo veo pasar…
Sigo y sorbo café viendo el mar. Sólo queda esperar a que vengan las tormentas, a que escampe y vuelva el sol sobre la espalda de miles de sirenas que harán sus rondas en perdidos horizontes, escucharé su canto como el llanto de otro tiempo que revive con ellas, que se les congela en la voz y sus palabras vienen siempre, de muy lejos, arrastrando siglos, atando la historia en sus manos enlazadas, girando sin sospechar que son la efigie de un tiempo que se pierde en la fantasía genial de un sorbo, una epifanía que se irá cuando termine el olor de la tierra que se moja hoy con la primer llovizna.
Terminaran en algún desmayo del recuerdo sus breves multitudes.
¡A la vuelta!
domingo
Adiós a Benedetti o viceversa
Y volvió siempre. Después de cada exilio, Montevideo. Así con su táctica y estrategia, el escritor uruguayo a sus 88 años, buscó como siempre la vida, para darse cuenta que se la habían escondido de una vez y para siempre (entiéndase de forma interrogativa). El abuelo de la poesía latinoamericana nos dice adiós y nos deja permaneciendo sus palabras. Y volveremos a soñar con cada verso, y esteremos alargando su existencia como si él siguiera ahí, en algún lugar del Uruguay, viendo por una ventana el mundo entero y escribiendo la más completa de sus obras.
Un mensaje de texto con la noticia, esas que vienen con cara de triste: Ha muerto Benedetti. Y creí que había que guardar un silencio profundo. Estoy convencido que lo último que debemos hacer cuando muere un poeta es guardar silencio, entonces comencé a repetir para nadie, los versos que venían a mi memoria. Pero la muerte nunca/ se impacienta / seguramente porque / sabe mejor que nadie / que los sobrevivientes / también mueren.
Recordé entonces una de esas ideas que saltan en los insomnios. Por qué salir de la vida en su forma más elemental: la muerte. Me di cuenta de que él había encontrado su táctica y estrategia para quedar triunfante, sobreviviendo en cada una de sus obras, donde cada vez que se abra un libro, se repita insospechadamente uno de sus versos, regresará del universo paralelo en el que ahora camina, para hablarnos suavemente, para contar historias y sus palabras seguirán fraguando amores en algún lugar, en cualquier parte permanecerá con voz de viento atando los nuevos corazones.
Adiós a Mario Benedetti, que merece que doblen todas las campanas, que merece la gloria de la tierra antes de que sepa si ha llegado al cielo, que se entere que aquí de cuando en cuando, las bocas repetirán su nombre, y no habrá exilio suficiente para que algún oído no escuche sus palabras. Hoy debemos decir que Benedetti se ha librado de la muerte, pues los diarios se llenan de noticias, diciendo que se ha ido el poeta, y es precisamente hoy que para mí es más claro, lo veo venir, llegar con todas sus cicatrices, con todos sus desvelos, con su total incorrupción, sus ganas de hombre y seguirá buscando a su mujer en lo oscuro.
Su muerte física nos regala el pretexto de elevar su propia oración, su padrenuestro latinoamericano:
no nos dejes caer en la tentación
de olvidar o vender este pasado
o arrendar una sola hectárea de su olvido
ahora que es la hora de saber quiénes somos.
Hasta pronto, aquí esperaremos a que vuelva como siempre del exilio. Montevideo debiera preparar no su adiós, su bienvenida.
Mario Orlando Hamlet Hardy Brenno Benedetti Farugia nació en Paso de los Toros en Uruguay un 14 de septiembre de 1920. Autor de más de 60 obras. Formó parte de la generación del 25*, movimiento que revolucionara la literatura en su país y formó parte del boom latinoamericano de los 60.
*Fe de ratas. errores de dedo (por no decir de información) GENERACIÓN DEL 45
lunes
Naturaleza muerta
Que tanto y tanto amor se pudra, oh dioses; / que se pierda / tanto increíble amor. Eduardo Lizalde.
Encontré el amor, naturaleza muerta entre las páginas de un libro. Dentro de un sudario de papel, una mariposa disecada que debieron meter viva a la eternidad. Hay un rastro de inútil movimiento, agonía lineal en una biblioteca. Rodeada de silencio dejó lo que tenía para entregar su cuerpo monarca al peso y al misterio de unos ojos que vendrían después, unos dedos que la tomarían despacio para crucificarla a una pared igualmente muerta. Y nadie sabe de sus pasados vuelos. A nadie importan ya su soberana libertad de viento, yerbas y pétalos.
Hace tiempo leí en el periódico un artículo que hablaba sobre las cosas olvidadas entre las páginas de los libros. Decidí buscar en los míos y no había mucho. Me di cuenta de que la mayoría de las cosas que olvido, no quedan entre las páginas, afortunadamente se van a ese lugar, a ese hoyo negro, al basural, en fin, al olvido. Lo que me iba topando, eran cosas que había dejado a propósito, con la intención de recuperarlas después para entregarlas como amuleto a alguien o sencillamente porque sí. Porque a veces hago las cosas sin razonarlas demasiado. Porque sí, porque quiero, porque me place ver una hoja y sentirla indefensa, para verla después quebradiza y sentir su fragilidad en los dedos y llevarla en una ritual de yemas y cuidados hasta dejarla bajo el vidrio de una mesa. Alguien la verá y soltará un distraído comentario; preguntaran por la planta (como si de verdad importara), dirán esas cosas sencillas que brotan de los espacios en que uno da la espalda para tomar las llaves o un vaso de agua o se entretiene en los enigmáticos movimientos por donde se mete la rutina. Otros la verán sin decir nada, quizá dejen la huella del índice sobre el cristal. No sé por qué las hojas secas invitan o reclaman una caricia. Será que su muerte nos parece inverosímil, como si la vida se quedara de alguna manera atrapada en el cascaron.
¿Qué hace la naturaleza muerta? Pudiera pensar que son caprichosas decoraciones, pero esa respuesta no me satisface. Pienso que hay algo más profundo, una imagen de ensueño, una prolongación de la vida, un rechazar la destrucción del paso por aquí, es de cierta manera una negación de lo efímero del cuerpo. Creo ver a veces en las hojas secas, una absoluta vanidad, una despedida que no se consuma, una muerte bellamente interrumpida, un casi final, una agonía atrapada en el borde, un grito que se queda entre los labios, pero al fin, escapa el viento que iba a ser capaz de producirlo.
Ahí (en mis libros) también estaba un trébol de cuatro hojas, alejado de toda buena suerte y aplastado por alguna carta a los corintios. Quise regalarlo, pero me pareció que no había llegado el momento y sigue ahí en espera de su racha de buena fe y con sus ganas de fetiche.
Recortes de periódico que no releí, tarjetas de presentación de gente a la que no volví a ver, notas con teléfonos de alguien a quien no llamé, direcciones a las que no escribí, notas sin fecha para algún poema que no haré, una carta de adiós, epifanías nocturnas que no logran sobrevivir a la claridad del día y una mariposa eternizada… entre las páginas de un libro de amor, la encontré, naturalmente muerta.
¡A la vuelta!
martes
Lejanías a tiempo
¿Qué cosa es el tiempo? ¿A dónde va, si es que se dirige a alguna parte, será un extraño caminante con pies de plomo que nos lleva de la mano hacia un lugar irreversible? Sube de los rincones más oscuros, baja partiendo el terciopelo de las nubes o sencillamente se derrama como un enorme velo quiescente. Cae en golpes de granizo o se levanta. Peregrina, dime tú que cosa es el tiempo, con tus reinos de distancia. Dime si es líquido, un hilo delgado y transparente que se arrastra en la agonía de los arroyos. Dime si es una enorme esfera de viento que viene empujándolo todo y nos avienta irremediablemente hasta la muerte. O es un vapor que se levanta de la tierra en ácidos que nos deshacen y asfixian con persistencia tal, que nos dejan desvanecidos y avejentados. Habrá un lugar, Peregrina, una pared helada donde, como un haz de luz, se estampa y se refleja y de tanto el destello nos ciega hasta que también nosotros, nos estampamos contra ese muro frío, para regresar como un reflejo y habitar evanescentes el universo quebradizo y gris de los espectros. Un reflejo de nosotros mismos amarrándonos al viento, y nuestra voz existirá a partir de nuestro paso, seremos el trino que emerja de los rincones donde agonizan las aves, tendremos nuestros cantos en el rumor de las hojas… cantaremos siempre en el otoño. Entonces en la sombra de los árboles, están durmiendo translúcidos, todos nuestros muertos.
Dime tú peregrina, si en las ramas secas, en las flores marchitas, en las gotas perdidas, en alguna sonrisa que lejana se cierra, un ojo que no se abrirá más, se está escapando el tiempo. Si lo que parte, se lo lleva amarrándolo a su muerte, y el pasado permanece en las cenizas de los cuerpos inertes. Se levantará de nuevo en un circulo inagotable, una palingenesia infinita. El tiempo un brevísimo espiral lleno de finales que le otorguen la posibilidad de continuar, de regresar para llevarlo en días, para enredarse en sus pequeñas vueltas.
Hoy no entiendo qué cosa es el tiempo, ni lo observo, sólo advierto que de alguna parte llega, y se va, hacía donde puede, llevándose la vida. He visto envejecer a la gente que siempre asoma a su misma esquina. Otros envejecen frente a un diario. Alguno de tanto caminar. Unos de puro estar. No sé si de pronto nos asaltará como un felino al doblar cualquier esquina, nos arañará el rostro y nos regresará viejos y arrugados a esperar detrás de una ventana que regrese enternecido a cerrarnos los ojos para siempre (el tiempo todo lo cura).
Peregrina, tú que vas. Tú que has visto los lugares más lejanos, las caras suaves de otra gente, la mirada más profunda de los viejos, la agonía de las ciudades, la longevidad de las piedras; has visto cambiar el cauce de los ríos, has escuchado rebotar el tiempo en las campanas, lo has visto amarrarse a las enredaderas hasta matarlas, has visto la soberbia del mar… dime qué cosa es el tiempo?
Peregrina, envejezco preguntando por el tiempo, y tú, agarrando el horizonte con los dedos.
¡A la vuelta!
viernes
El color del oro verde
(Léase de forma interrogativa).
Entré pensando que únicamente iba a pasar el rato, tomar un café y salir para seguir estando en cualquier otra parte. Llegué y sentí miedo. Imaginaba un espacio lleno de hacedores de palabras, historias o efigies retóricas que me dejaran helado y contemplativo. De verdad creí que dentro latía un mundo de hojas de papel que iban y venían como claras palomas en vuelo. Entré realmente esperando algo.
Sabía que había llegado a un lugar para siempre.
Realmente el lugar estaba vacío y una luz amarilla también empolvada, se derramaba sobre una mesa pequeña y con aspecto avejentado, un rostro que de mucho tiempo de entregarse a la sencilla función de observar y ser observado. Esa silla, me permitiría darle la espalda a la claridad. Estaba ahí para entregarme por largas horas a ver como pasa el tiempo. Llevaba un lobro que después se convertiría en mi novela favorita.
Encontraría a la Maga.
La lectura pasaba. Mis ojos iban de un lado al otro de la página, saltando por el libro. La mujer que pasa cadenciosa y con sonrisa bondadosa, hablaba francés. Después de mi paso por ese lugar sería un experto en café.
Fue en el oro verde donde hice mi primer viaje a la nostalgia. Me hacía falta el pedazo de tierra que había dejado para venirme al mar. EN aquél lugar había quedado mi raíz. Estaba al borde del llanto con el paso de aquellas imágenes. Eran entonces, aquellos, mis mejores amigos, los que acompañaran la gestación de mis más ingenuos sueños.
Era verde el color del oro aquél al que llegara.
(invierta aquí la indicación inicial)
¿No, El color de ese lugar es sepia. Llegué para que ese lugar se viniera conmigo, que viva acompañándome, permaneciendo con la reiteración fiera de los gerundios. El lugar estaba vacío, es cierto, pero vería llegar a mis grandes amigos sin si quiera sospecharlo. Ahora he visto ir y venir a los hacedores de palabras, he visto como hacen de papeles blancos, tiernas palomas. Una vez más las vidavueltas me han llevado a regresar. También es cierto que aquella novela es genial y no he encontrado aún a la Maga. ahora estoy convencido de que la mejor manera de vivir es de forma interrogativa?
Posdata.
Si usted, amable lector, ha enviado a algún comentario a la dirección de correo que aparece como mía en la parte superior derecha de la columna, le suplico me lo reenvíe a la que más adelante confirmaré. gus_tavo84@hotmail.com (generalmente suprimen el 84). A la vuelta!
Semana "santa"
Me ocupa la paulatina formación de las multitudes. Gestaciones hormiga, donde todos acuden sostenidos por los pies, estos cargan únicamente con su cuerpo, para sumarse a lo que luego se convertirá en una jauría de pares de ojos. Es ahí donde las leyes más elementales se ven amenazadas, y parecen próximos dos cuerpos a ocupar el mismo espacio.
Vimos como el lunes amaneció al jueves, al miércoles, al martes… y llegaron uniformándose los días, con sus viernes a las doce para amalgamarse sin excepción a las profundas tardes de domingo. Y al final las fiestas, semana de sábado en la noche. Ya conocemos los milagros de semana santa, donde caminar se volvía una dolorosa vía (al menos para mí), un sacrificio pasar entre la diversidad de los rostros que parecían no mirar a ningún lado, y sin embargo, todos se sostenían y construían a partir de las miradas. Cuerpos buscando un espacio, mientras ajenos vagaban con hombros en los hombros, aparentemente hermanados por una multitud que los separa hacia su centro. Pequeños universos buscando los rincones minúsculos que les permite el asueto.
Me pregunté (costumbre robada a Juan Manuel Sarabia), mientras todos pasaban (recorrían) con sus rostros lavados: ¿qué ocupación, qué oficio, se esconde detrás de cada uno? El tipo de cabello largo, por la caída de los labios, pudiera ser un payaso. La pareja de bien peinados, deben ser mercadólogos. La mujer de rojo y falda corta… la gente, sale de su contexto llevando puestas, huellas de su campo semántico.
La semana transcurría con sus días repetidos, unos metidos en los otros, un extraño collage del que al día seis, uno ya quiere saltar como el niño que huye aterrado del tiovivo porque descubre de pronto, que le disgustan los corceles. A punto del salto, imaginé al día siete, estudiar el color de una semana:
Los lunes me parecen de una transparencia cursi, el día favorito de los positivistas. Una copa olvidada con un resto de vino rosado. Algo en los martes me parece rojo, como si el martes llegara con su calidad de beso, con humedad. Labios dispuestos. Los miércoles, tan parte aguas, o un puente por donde cruza el cansancio, grises. Un montón de ceniza. Los jueves son nostálgicos, ligeramente alargados, es como si el día entero fuera un ocaso. Una enorme mandarina. Sábados, lejanos. Van del plata al azul, al negro y viceversa. El domingo es un negro terciopelo deslavado, viejo. Ternura en su mañana clara y de pronto avienta la nostalgia de una vida a las cuatro de la tarde.
Todo pasó, la gente, los días y sus milagros. Algo permanece ahí, donde estuvimos todos: un poco de basura, viento acariciando el polvo de las huellas. Se dio el viaje hormiga a la inversa, como si se prepararan con provisiones de recuerdos para el invierno. Todo volverá atándose al innegable círculo de las vidavueltas y se repetirá con otra gente, con nuevos nombres, pero se repetirá indudablemente.
A la vuelta!
Lejos de navidad
Nueve de la noche, calle Uruguay, colonia 5 de diciembre, Puerto Vallarta Jalisco. Un hombre en el interior del edificio con los ojos abiertos en la penumbra, observa fijamente y permite al cigarrillo que le ilumine el rostro. Los destellos le dan un aspecto rígido. Hay algo de preocupación en el nudo que se forma entre las cejas al tiempo que las puntas de los labios caen ligeramente para dejar salir el humo tembloroso.
Cómo haré para deshacerlo. Se pregunta, mientras hace un esquema mental de su situación, un inventario nada favorecedor: malo en ejercicios cautelosos, amante apasionado de de contar el tiempo en la hora exacta, convirtiendo la vuelta completa de la manecilla en un minuto, no existen ni los cuartos, ni los medios, todo es una caída regresiva a la hora en punto. Cree haber nacido viejo, y siempre que le viene está idea, sonríe casi con dolor e irremediablemente le desfilan las imágenes del film El curioso caso de Benjamín Button. Sigue fumando en la sala del departamento 6 un hombre triste. Se desliza por la casa buscando desesperado un manual, cualquiera que pueda aclarar la tarea, que le regale una idea para deshacerse de lo que lo tiene turbado. La habitación está sencilla, con la iluminación raquítica que se alcanza a colar por la ventana; el montón de libros, toma uno al azar y se tumba en el borde de la cama, una línea de luz mandarina sobre las páginas le permite distinguir el título: Instrucciones para llorar de Cortázar; se siente burlado, enfadado y casi furioso, camina y sigue buscando al fondo entre más libros, la ausencia de la luz lo complica todo, piensa encender la luz; ha ido demasiado lejos ya, se detiene, no es momento para arruinarlo todo. Toma otro libro al azar, esta vez con mejor suerte, Bernal y su Complot Mongol, hojea hasta entrada la madrugada. También el odia a los pinches chinos (pinches chales). Al fondo del cajón donde aventó los libros que no leería, ahí estaba el que le daría una pista para sacar sin ruido eso que empezaba a irritarlo. Ahí entre revistas y libros empolvados, descansaba intacto Doyle, ¡caray!, elemental para estos casos. Todo parecía sencillo, misteriosamente encontró una lámpara de mano, la tenía en el abrigo, lo había metido en el closet, algún día tendría ganas de misterio. Mientras sacaba libros sin miramientos leyó: Desde mi balcón, ahogó un grito de terror al encontrar la tenebrosa foto del autor, siguieron al espanto unos hilos de risa silenciosa (recordó con ternura la ingenuidad de Champoleón) e inmediatamente después encontró a Doyle. Regresó frente a la silueta oscura. Cómo es posible que hasta hoy me haya estorbado. Había que cortarlo en trozos, meterlo en oscuras bolsas y llevarlo hasta la esquina, no deberían quedar restos en el piso. Así lo hizo, un cuchillo casero en la diestra y la siniestra sosteniendo el tronco, hasta que todo estuvo listo. Salió a la calle y lo dejó en la esquina, con la naturalidad de quien se deshace de un pino navideño en pleno abril.
¡A la vuelta!
¡Me opongo a domesticar el recuerdo, me opongo a la impunidad!
Corazones de hojalata
Había llegado al puerto un niño de edad innumerable que paseaba por la ciudad con los ojos curiosos. Sorprendiendo a las pequeñas cosas que se quedaban inmóviles y quedando inmóvil frente a las pequeñas cosas que lo sorprendían.
Encontrar a un poeta entre los hombres no es una labor sencilla. Habría de recordar a Sabines desde que iniciara la búsqueda: ¿Por qué los poetas no tienen una estrella en la frente, o un resplandor visible, o un rayo que les salga por las orejas? Antes de entregarme a buscar en los rostros, el rostro de un poeta, bebí un café muy cerca del exilio; pensé que la bebida aguzaría mis sentidos y facilitaría que se provocara el encuentro.
Bajé al mundo, dejando mi universo abandonado, una taza de café vacía y un cenicero plagado de colillas, y busqué en todos los ojos un asomo de verso, una pose que lo delatara o por lo menos quise que lo hubieran dejado esperando y esperara con totalidad para sorprenderlo en el acto y así cazar al poeta. ¿Eres tú Raúl? Pregunté a todos los Pedros… y no había en el aire metáforas en vuelo. Pensé que todo estaba perdido, que no encontraría al poeta y repetí a Sabines casi con rencor. Quedé armado con un cigarrillo, viendo a la gente pasar, ahora sé que pasaron todos, excepto él, en esos momentos en que las multitudes son tan ajenas que se vuelven todos, ejércitos universales de desconocidos. Regresé al café exilio.
Al llegar, reconocí la silla de la que me había levantado, y la mesa, que me miraron complacidas; Ocupaban las otras sillas los poetas, Raúl y Lalo que entretejían metáforas, y me anuncié como el que los buscaba, como el que se levantó precisamente de ahí para encontrarlos a la vuelta, después de casi estar rendido.
La tarde entera la ocupé en buscarle destellos a la frente de Bañuelos, que para entonces ya tenía rostro y manos. La tarde iba pasando y empecé a comprender que la manera de reconocer a los poetas no es alguna estrella en la frente, hay algo de sonoro en los latidos, algo de cascabel en cada movimiento. A estos seres los sobrevivirán las palabras, las voces, los sonidos, el eco que quedará después del polvo, cuando llegue el viento y levante las cenizas que harán eco en la eternidad desde sus corazones de hojalata.
Cuando aparecen frente a nuestros ojos las vidavueltas, sólo nos dejan creyendo que al mundo lo sostienen los milagros.
Le comparto, lector anónimo, unos versos de Rúl Bañuelos:
VER UN COLIBRÍ ES TENER UNA VISIÓN./Pájaro en dos alas temporales, / llega del futuro a volar sobre el es y el qué será. / Tiene largo el pico para caber siempre en una flor. / Hace su actuar en un dos por tres / que nada tiene que ver con la prisa. / Su cuerpo es del tamaño de un pajarito. / Su interioridad es visible en el aire. / Su canto se escucha con los ojos abiertos. / Lo mismo que el salmón y la ballena, / el colibrí es un milagro vivo.
Ojos azules
Fue el más oscuro de los maniquíes quien mostrara el marrón de lo que yo creí, eran mis ojos azules
El mundo aparecería más claro y empezaría por romperse en destellos que irían desdibujando líneas para dejarlo todo en su desnudez total. Pequeños soles extraviados arrojando manantiales de luz por todas partes, el brillo propio surgiendo a borbollones de las entrañas de cada cosa que vibraría acalambrada desde su inmovilidad aparente. Había pensado en las imágenes antes de salir de la cama, sabía que esa mañana el mundo volvería a sorprenderme al presentarse con una luminosidad que se me había ocultado hasta entonces. Pensé en algún rayo de sol al que podría perseguir mientras se divertía en saltar de uno en uno los cristales de los coches, deslizarse distraído en las ventanas hasta parar metido en alguna gota que los estamparía al suelo en una resplandeciente explosión.
Un día nublado. La luz tímida parecía aplastada por el polvo gris y enrollada dentro de las líneas. Busqué las madejas luminosas o por lo menos una hebra que me llevara al pozo donde imaginé vertida la luz que le habían robado al único jueves en que tendría los ojos azules. Resignado me entregué a un paseo matinal que se vio amenazado por los cristales de una ciudad-argos, empeñada en reflejar el color original de mis ojos.
Era jueves nublado. Pensar en Vallejo se volvía inevitable en la banca de un parque a donde acudían las hojas arrastrando quién sabe qué añoranzas… Debí invitarle a morir con mejor suerte, no era París; tampoco las nubes tenían el peso que amenazara con aguacero; sólo estaban de testigos: la soledad y los caminos. Quizá en ese momento él vagaba iluminado por un cometa que hacía las veces de brújula para llevarle al verdadero jueves que pedía, al jueves que le esperaba con su cara de muerte. Cuántas veces tendría que morir para lograr su París con aguacero…
Después de la banca y el parque, otra vez la ciudad con sus cristales y fueron inútiles todos mis esfuerzos por resistirme. Bajé a la playa a recordar el sueño que me había hecho creer ilusamente en el nuevo color de mis ojos: apareció el mar como un enorme tigre de espalda azul con líneas plata, que tozudamente golpeaba la arena en un intento por escapar y así estuvo la noche entera hasta que todo se cubrió de una polvareda añil que se me escapó por los ojos y me dejó frente a una imagen apocalíptica, el suelo agrietado y yo ahí, observando todo con la mirada lejana, mirada de ciego. Me quedé en el sueño con las pupilas llenas de un mar en polvo que no pudo traspasar las fronteras oníricas y la realidad se impuso a contrapelo, como sucede cuando los jueves llegan aplastados, arrepentidos.
Siempre que los jueves lleguen nublados y arrastrando su velo de nubes, habrá tiempo para tejer y destejer los sueños, para armar las vidavueltas y olvidar que los maniquíes son cuerpos fríos y esclavizados en los cristales. Antes de entregarme a la resignación de no tener los ojos claros, dejé que la falaz actitud de un maniquí me miraba con la mano sosteniendo el mentón, y ahora, puedo pensar que daré la espalda al tiempo para armar de amor a las mujeres que se petrifican olvidadas en las elegantes peceras de temporada.
Mimesis elemental
La primera en aparecer fue la cama, sonriendo bonachona con el labio torcido por el doblez descuidado de la sábana. Mi vista recorrió parsimoniosa aquella tienda de mascotas inmóviles, donde el comedor tomaba un aire de familia ejemplar y otro comedor más al fondo, la perfecta tertulia de mujeres copetonas; una lámpara encendida como una mujer que llora olvidada. La ternura dibujada en los objetos, me llevó a pensar en el vacío existencial que atraviesan los muebles de casa cuando golpeo la puerta en la más clara señal de abandono. Mis pasos, cada vez más lejanos, ellos en calidad de cosas quedan resignados al polvo y sus caricias borrosas, posándose sobre la inutilidad que los envuelve detrás de las puertas cerradas: el sillón abre los brazos en actitud de espera; la cama ofrece el día entero una espalda blanda a los ojos atónitos del techo; con las uñas esquinadas, las paredes se entregan a un frío desconocido. Desde la construcción equívoca, el espejo afanado en al revesarlo todo, observa la casa como pintada por Magritte. Es justo eso lo que me aterra, saber que de aburrimiento todo se lanzará a un desenfrenado mimetismo.
Este casual encuentro, me detiene con la sensación de masticar cristales. Mi obstinación por pensar en las pavorosas consecuencias de ausentarme… ahora frente a cada puerta, me detengo a imaginar el hueco atemporal que se forma detrás de las fronteras abisagradas que enmarcan tajantemente la línea con la calle. Busco ser indiferente y me disfrazo de transeúnte, esos seres que nacen pequeños en el horizonte del camino y en un in crescendo paulatino pasan a nuestro lado con proporciones normales para perderse enanos en el punto de fuga opuesto. No es de ellos de quien debo ocuparme, sino de lo que sucederá tarde o temprano, la catástrofe silente que se gesta en la soledad interior de las casas vacías. Las cosas desprendidas de su borde. Para detenerla, o intentar aplazarla: empezaré por escribir un palíndromo al espejo. Olvidaré una flor, para que la casa entera se ocupe en marchitarla y evitar que la pantomima lleve a las paredes a destilar agua y arrojarla en remolinos de escusado por la ventana; que las sillas tercas desistan en su aventura de vagar por los cuadros, y contemplen pensativas…
El sillón, cansado de esperar, es un jarrón que vaga con las patas de madera y acaricia la flor que alevosamente había olvidado…
Advierto que la posibilidad de lo que digo, es la consecuencia lógica a la mimesis social, en la que vamos pareciéndonos los unos a los otros con la pretensión de sacarle un paso a la rutina… lo posible de lo improbable es siempre en las vidavueltas, el ojo sin rostro de una aguja que sirve como arco a caravanas de cansados dromedarios.
¿Quién ha visto mi separador?
Ahora pienso, ayer era domingo y hubo una tarde de esas que huelen a descanso y a muertes momentáneas, entonces, imaginé lo que habría pasado Separador en todo este tiempo. Lo imaginé enamorado de un pie derecho, tal vez lo han pisado sin tregua, quizá en este justo momento alguien le tatué sin consideración la huella del zapato. Lo debieron llevar hasta la puerta en una tarea colectiva, que entre punta pies y pisotones llegó hasta al final y cayó a un enorme basural de cualquier esquina, lo condenaron al solaz de la tripartita luz sin sendero de un semáforo, no hace más que ir del rojo, al verde, al amarillo… seguramente es aburrido y más ejércitos de pies sin darle tregua. Le suplico a usted, lector sin rostro, que si lo ve, me lo regrese, sólo piense que es un separador y las quimeras del papel son aún más inverosímiles que las de los hombres.
En verdad no quiero imaginarlo muerto, me rehúso a la sola idea de creer que un imperio de hormigas redimidas se preocupan en darle santa sepultura y lo llevan por grandes y pobladas avenidas. Tampoco quiero creer que ahora vague con las perfectas huellas de los dientes incisivos de algún perro famélico. Usted debe comprender, que lo recuerde precisamente los lunes, en que la ciudad sale de su letargo para volverse fiera.
Haga su obra del día, esta vez, no pierda la mirada, no la pose en ninguna parte cuando le atormenta de aburrimiento el rojo del semáforo, vigile las puntas de los pies y preocúpese de no pisar accidentalmente a Separador; en los hocicos de los perros, como quien no quiere la cosa, cerciórese que no lo llevan ahí; con las hormigas no se ensañe ni pido que las contemple, a veces ese ritual aparentemente lineal, es demasiado.
Si lo encuentra, será entonces que comprenda mi tristeza, el viaja con su nostálgica leyenda: Te he estado esperando todo el día y así será hasta que no nos crucen sin querer las vidavueltas.